Un martes de Carnaval

Relatos, Relatos 1919

Por X. Calleja


EN LA CIUDAD DE CÁDIZ

“Que atendiendo a las anormales circunstancias por que atraviesa la ciudad, así en orden a los intereses sociales como en lo tocante a los de salud pública (…):

“Quedan prohibidas en esta ciudad las fiestas de Carnaval al aire libre, el uso de disfraces y de caretas así de día como de noche, y en general todos aquellos actos que integran referidos festejos. El Gobernador que suscribe, cree interpretar fielmente los deseos del culto pueblo gaditano al dictar una disposición que tiende de una manera primordial y efectiva a garantizar los altos intereses del orden, disciplina de las costumbres y de la salubridad pública”.

Bando firmado por el Gobernador Civil de la provincia de Cádiz, don José Bono, el día 1 de marzo de 1919.

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—¿Tú te crees que soy tonta? Que éstas son más falsas que… —truena Angelita.

La pescadera le tira las monedas al Ciego y a Antoñito, que se agacha y las persigue mientras ruedan por el suelo mojado de la plaza. Los gritos y el gesto atraen la atención de los que compran en los puestos colindantes.

—La gente salta por ná, joé.

—¡Qué bastinazo!

—Ya verás que se lía como la semana pasá con las marías protestando por lo caro que está to.

—Que estamos en carnavá, oé, que era una broma, Angelita —se justifica El Ciego.

—Ya me estás dando tú los cangrejos, tío sieso. Trae pa cá.

—La culpa la tiene el niño éste, que los ingleses le han dao coba en el muelle, los muy piratas —justifica el Ciego dándole una racha a Antoñito.

El niño lo fulmina con la mirada.

—¿Qué está hablando del muelle? Esos son duros sevillanos, que ya to el mundo se sabe el truco. ¡Qué poca vergüenza! —abronca Angelita.

El Ciego le devuelve el cartucho de cangrejos y Angelita despacha a otro cliente como si nada hubiera pasado.

—Al Antoñito lo mandaba yo a Larache pa que aprenda —propone el Moro desde el puesto de al lado—. Y a ti también, Ciego, a ver si haces algo de provecho que yo no sé cómo vives de los periódicos usaos.

Antoñito observa las cuatro mojarras y dos chocos que le quedan en el puesto. El Ciego recuerda que el Moro es veterano de la Guerra de Melilla.

—Moro, tú no tendrás por ahí el uniforme ¿no? Me vendría que no veas para hoy. Al Antoñito lo vestimos de sindicalista y montamos un numerito dándonos trompás entre copla y copla. Así sacamos unas perras pa comer.

Angelita interrumpe el sainete del Ciego:

—¡Qué de pamplinas dices, ío! Hoy, de Carnaval, na de na. ¿No tanterao del bando? Que el saborío del alcalde y el gobernador lo han prohibío.

—Anda ya —dice el Ciego—. El domingo hubo algo.

—¡Y vinieron los civiles detrás de nosotros! —confirma Antoñito.

—Que no, joé —insiste Angelita—. Ni máscaras, ni coplas, ni papelillos, ni na. To prohibío. Solo dejan la fiesta pa los ricachones. Un mojón pa los pobres.

—Ya veremos —zanja el viejo ciego tirando del brazo de Antoñito—. Ya nos buscaremos las maneras. Ahí se quedáis.

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—Qué ruina —se queja revisando las facturas otra vez como si quisiera obtener el porqué de las pocas ventas, los precios e impuestos tan altos.

El bufido de Rafaela desde la trastienda de La Bujía obliga a Falito a compartir perplejidad con Segundo, acodado en la barra, que levanta la vista del vaso vacío. Falito vuelve a fijarse en la puerta del bar. Ramón el guardia aparece en el marco y cojea hasta la barra.

—A las buenas tardes.

Segundo responde al saludo de Ramón con un movimiento de cabeza y le señala el vaso vacío. Falito espera la aprobación del guardia para servir un vaso de vino. El guardia asiente.

—¿Usté toma algo también?

—No, hijo, más tarde. Que empiezo el turno ahora —se acerca a Segundo y le pone la mano en el hombro— ¿Qué me cuentas, Segundo?

—Poca cosa —bebe un sorbito—, pero yo creo que hay gente que va a salir a cantar.

—¿Quiénes?

—No sé. El Ciego, seguro.

Ramón dirige la mirada a la trastienda. Se despide con palmeos en la espalda de Segundo, como si fueran un eco blando de los cates y golpes que, en otros tiempos, le daba. Golpea con los nudillos el dintel de la trastienda.

—¿Y su padre, señorita?

—Trabajando por Cádiz —responde Rafaela, levantando la vista hacia el guardia—. En el Quevedo. Está con Martínez del Águila, Morenatti, Sampalo y el impresor ése catalán. Y otros más. Quieren hacer un escrito para el alcalde.

—¿Otra huelga?

—Un atropello. El domingo de carnaval no vendimos ni tres cañas.

—Pero, hija, el alcalde y el gobernador hacen bien. La gente se muere por la gripe.

—¿Ahora resulta que la culpa de la gripe la va a tener el carnaval? ¿Y las calles sucias? ¿Y las trampas con la harina? ¿Y las casas que se caen de pena? Que están cagaos con las huelgas. Eso es lo que pasa. Y se creen que con las caretas y las coplas van a guillotinar a Alfonso XIII.

—Dios no lo quiera —se santigua el guardia.

—Llevamos semanas de huelgas —continúa Rafaela—. Las tiendas cerradas, la gente asustada. Y ahora se prohíbe el Carnaval. Con la de familias que comen con las perras que se sacan en estos días. ¿Buscaba usted a mi padre para algo?

—No, para saludarlo na más.

—Pues saludado queda. Buenas tardes.


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Emilia sale de la parroquia del Rosario y observa las calles como si quisiera perderse sin rumbo antes de ir a su casa en la Alameda. Espera a que Pitusa, su hermana pequeña, se despida del cura.

—Ésta se vendría a vivir aquí —se dice a sí misma.

Pitusa emerge de la puerta y recibe la mirada inquisidora de su hermana.

—Venga, que antes de ir a casa quiero darme una vueltecita por la plaza las Flores.

Pitusa pone cara de reproche.

—¿Ahora? Madre lleva dos semanas en la cama con neumonía, tata Milagrosa está con la gripe y la Negra no da abasto atendiendo al pequeño Bartolo. ¿La plaza las Flores?

Emilia comienza a andar y su hermana la persigue al paso rápido que le permiten las faldas.

—Si alguien nos ve y nos pregunta que qué hacemos por aquí solas, ¿qué le decimos? —pregunta Pitusa con temor.

—Que vamos a la botica a por tisana. Que madre está mala.

Callejean hasta desembocar en la plaza de las Flores. Emilia se acerca a un corrillo de gente que rodea a dos que, al parecer, cantan y gesticulan. Las reciben con miradas tensas y vigilantes.

Pitusa no termina de unirse al grupo. Mira a un lado y a otro, desconfiada. A Emilia le ganan unas risas e invita a su hermana a que se acerque.

—Venga Emilia, vámonos pa casa —apremia Pitusa—. Que si llegan los guardias se lía buena.

Una carcajada del público impide oír la respuesta de Emilia. Los dos carnavaleros comienzan a cantar un tango. Emilia lo reconoce a pesar de la letra, que es un disparate de rimas blasfemas. Lo tararea como si lo leyera para piano.

—¡Por favor, Emilia!

—Un ratito más.


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Ramón el guardia sale de La Bujía pensando en dónde estará su compañero de patrulla.

—En casa de la querida, seguro. Hijolagranputa.

Cojea hasta entrar por la puerta de la Plaza de Abastos. Saluda al paso de las marchantes y los fruteros. Nada parece alterar el rumor de las compras. Pero al doblar la esquina del mercado se topa con el Ciego y su acompañante, apoyados en una de las columnas renegridas del edificio. Los dos pícaros y los que escuchan están riendo a carcajadas por alguna pamplina.

Antoñito ve a Ramón acodado en la fachada de enfrente e informa al Ciego.

El carnaval suspendío

Por Bono el gobernador

Los murguistas enmorecíos

Le decimos a este señor

Excelentísimo don Pepe

No se fie del mogollón

Que poco será la gripe

Si contagia la rebelión

Tres mozos del mercado se han parado a escuchar. El corro se va conformando bajo la pose atenta e inofensiva de Ramón. La gitana que vende flores, ya sin flores, una aguadora, dos carreteros. Es cuando Ramón reconoce a un operario del muelle en huelga desde hace dos semanas, que se une al corro. Mala cosa. Se lleva el silbato a los labios. Da un paso adelante.

—¡Ramón, que no te veo pero te huelo! —le grita el Ciego, dando ya zancadas, guiado en la huida por Antoñito.

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—Falito, cambia la cara de sieso que tienes y sácate unas aceitunitas o algo, haz el favor —celebra el Beni, mozo del mercado—. Que hace mucho que no venimos a verte, pisha.

—Menos mal que estabas abierto —agradece Luiti.

—Apúntanoslas y ya otro día te pagamos, rey —dice, meloso, Pepe.

Falito sirve otra ronda. Rellena los cuatro vasos y echa un ojo a la puerta. Está atardeciendo. De repente, irrumpe Germán el carnicero.

—Cierra las puertas, Falito. ¡Cierra! Que estos cabrones son capaces de meterse aquí.

A Falito se le cambia la cara cuando imagina a los guardias civiles entrando en la taberna. Germán busca una silla y pide un vaso.

—¿Qué ta pasao Germán, pisha? Que viene to sofocao.

—Se está liando. Los guardias están correteando a la gente que canta por ahí. A mí me han confundío con unos que iban disfrazaos de carniceros. ¿Te lo puedes creer?

Se comparten gestos de inquietud. Pepe le alarga el vaso a Germán, que lo bebe de un buche. Los demás también beben, como si buscaran certezas en el caldo. El Beni deja el vaso en la barra y posa los nudillos. Busca las miradas cómplices de los demás. Entona una coplilla en voz baja que todos reconocen. Pepe, Manolín y el Luiti sonríen y se estremecen.

—Ole —susurra Manolín el lechero, que se une y canta.

A Pepe le brillan los ojos. La copla parece rasgar el silencio del bar.

—Señores, que se puede liar como nos cojan —advierte Germán—. Que nos conocemos.

La copla termina con una epifanía de sonrisas. Tras un instante de silencio, el Beni se arranca con otra. Canta con más volumen. El resto del grupo le sigue. Todos se saben la letra.

Segundo entra en el bar. La copla se interrumpe.

—Os he escuchao —afirma con la lengua pastosa.

Se dirige a la barra con la fluctuación constante de su borrachera.

—Ponle una copita ahí a Segundo a mi cuenta, ¿no, Segundo? —dice el Beni.

Segundo asiente y acepta el pacto velado de un silencio comprado con vino.

—Ustede tranquilos, que aquí no ha pasao ná.

Pepe apura la copa serio y observa la sonrisa beoda de Segundo.

—Yo me voy.

—Espera Pepe, joé.

—Ya está el pescao vendío. ¿No lo estás viendo?

Segundo se gira para ver cómo Pepe sale del bar. Apura el vaso.


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—¿Por qué te dicen el Inglés, Ethel?

Elías el Poeta le alarga un cigarro que cruza las dos tazas de café de la mesa del Hotel Habana. Ethel lo acepta.

—Por mi forma de vestir varonil. En mi familia siempre fue algo escandaloso. Pobres escoceses. Tan ricos y tan antiguos. Nunca me creyeron cuando les dije que iba a viajar a España con esta pinta.

—Y para escribir un libro de viajes.

—De todos modos, mi viaje a Borneo fue más agitado —Ethel carga la mirada de una información reservada que parece esconder con el humo de la calada—. Pero en términos gastronómicos, me quedo con el Hotel Habana.

Elías asiente reconociendo la excepcionalidad de la cena por ocho pesetas: tortilla de espárragos y su filete de ternera, pan y queso. Un lujo que él no ha pagado.

—¿Por qué hoy los guardias no van a caballo? —pregunta Ethel bajo un luciferino y persistente interés sobre la agitación que ha percibido en Cádiz esa tarde.

—Se les habrán puesto también en huelga —contesta Elías con ironía.

—A pesar del bando, la gente ha salido a la calle. Es fascinante. Qué valientes. ¡Seguro que son anarquistas!

—Ay, amiga, tú ves revolucionarios por todas partes. Llevas dos semanas repitiendo las mismas palabras, tan grandes y vacías que a veces tienen eco dentro: socialismo, emancipación, romper las cadenas… Que sí, que también, pero yo solo veo a la gente normal celebrando su fiesta como todos los años.

—¿No es eso anarquismo? Gente que desobedece. No hacen caso a la autoridad. Como Salvochea. O la CNT.

—Ésos están montando huelgas y no cantando y bebiendo, Ethel. Seriedad, por favor.

—El ideal es mucho más que panfletos —entona como una lección aprendida—. La gente que canta es anarquista aunque no lo sepa. Y los que escuchan también.

—Aro, Ethel —Elías apaga el cigarro—. Y los guardias y los clericales también.


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Las monjas del Convento de Santa Clara tienen un loro,

pico de oro, quién lo pillara.

—Esto es de Los Caleseros —informa el hombre que tiene delante a Emilia.

Pitusa llama con el dedo a su hermana.

—¿Qué ha dicho ese señor?

—Que lo que cantan es de Los Caleseros.

—¿Esos quiénes son?

—Un coro antiguo —zanja Emilia, y sigue escuchando.

Plumas de rojo y verde, pico de oro,

¡ay, quién pudiera

pillar al loro de Santa Clara!

Y las buenas madres dicen a porfía

como si rezaran una letanía:

Pitusa observa con desconfianza la Plaza Guerra Jiménez, no le quita ojo a la cuesta de la calle Isturiz.

—Emilia, ¿nos vamos?

—Un ratito más, anda.

Escruta los rostros de los que escuchan. Le sorprende la calidad de la vestimenta del hombre de delante. Pero le ganan los gestos de la murga: disparatados, felices, ebrios. Levanta la vista a los balcones y los cierros de las casas.

¡Ay, qué rico loro!

¡Ay, qué rico loro!

Para darse el baño

va del coro al caño,

va del caño al coro,

Emilia ríe. Y Pitusa le pregunta a qué viene la risa.

—Emilia, pareces embrujada. Es como si no tuvieras miedo de la gripe, de la huelga… De los guardias.

Va del coro al caño, va del caño al coro

Pero repitiendo mucho esta canción

sufren muchas veces equivocación.

Emilia suelta la carcajada que se une al coro de risotadas. El único rostro sombrío es el de Pitusa.

—Y tú pareces una turista, Pitusa. No te enteras de nada.


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—Ramón, en Abreu he visto una chirigota que, digo yo, estarán incumpliendo ¿no?…

—Eh, Ramón, en Santa Lucía hay otra y ¡van vestidos de frailes!

—Ramón, ¿te has enterado de que hay gente cantando en plena calle, ahí en Desamparados? ¿A esa gente no se les cae el pelo?

—Oye, Ramón, por Hospital de Mujeres acaban de ver a un grupo de estudiantes con máscaras armando escándalo. ¿Es que la autoridad no hace nada?

—Ramón, ¿has visto la que se ha montado en el Arco de Garaicochea? Dicen que ha tenido que venir la Guardia Civil para echar a dos liantes que vaya boquita tienen.

A Ramón, en la esquina de la plaza Guerra Jiménez con Topete, parece que le salen ayudantes de debajo de los adoquines. El guardia, ante tanta información, decide no moverse.

—¡Ay, Ramón, qué buen disfraz! —le grita un limpiabotas de doce años desde la esquina del café Oriente.

—Disfraz el que te van a poner en el calabozo como no te calles —responde el guardia municipal.

Le queda poco para terminar la jornada y no va a complicarse la vida ahora.

En ese momento, aparece Facundo, su compañero de patrulla, que llega de pasar la tarde con su amante viñera.

—¿Cómo ha ido la guardia, Gómez? —le pregunta Ramón con retintín.

—Nada, no he visto nada reseñable.

—¿Nada reseñable? Yo tampoco —el tono sobrio de Ramón no denota la más mínima ironía—. Y te digo una cosa, Gómez; con la hora que es, yo lo que quiero es irme a mi casa y poner los pies en alto. Que trabaje un poquito la Guardia Civil.


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Manolín recoge la botella de vino que le da Pepe y le pega un trago. Se la pasa al Beni y bebe también. Luiti se la pide con los ojos y la botella completa el círculo para volver a esconderse tras el portón de la casapuerta junto a la mercería de Amelia, en la calle Fonte.

—No tengo ni frío, pisha.

La noche ha caído ya y el relente empieza a calar. De pronto, las risotadas dan paso a un murmullo.

—Ira, ¿cómo dise? —prologa el Beni antes de cantar.

—Ése no es el tono —protesta Manolín con guasa.

El grupo defiende la copla con la inestabilidad de la borrachera. Las voces se atenúan en los últimos versos como si abandonaran el barco del tono, la letra y el compás.

—Están ciegos —dictamina Elías desde el otro lado de la calle.

—Se les ve felices —dice Ethel.

Aparecen El Ciego y Antoñito, que se acercan al grupo del Beni. Manolín les ofrece la botella de vino.

Elías reconoce a los personajes que parecen conspirar contra el silencio de las calles.

—Mira, Ethel, esos son gente de la plaza. Unos golfos. Y ése de ahí, el Ciego, que es otro personaje.

—A ver si cantan algo —demanda Ethel.

El poeta y su amiga cruzan la calle para unirse a los que escuchan.

—Mira qué dos —Elías llama la atención sobre las dos mujeres que caminan por el otro lado de la calle.

Las miradas de todos recaen en Emilia y Pitusa, que parecen disculparse por irrumpir en la escena.

—El sábado estuve hablando con su padre en el baile del Casino, ¿te acuerdas, Ethel? —Elías se dirige ahora a las hermanas— ¡Pero bueno, señoritas!, ¿vuestro padre no sabe que andáis por aquí?

La menor de las hermanas lanza su justificación, bien ensayada y aprendida:

—Vamos a la botica a por medicinas para nuestra madre, que está malita…

—¿A estas horas?

—¿Esos de ahí cantan? —pregunta Emilia cambiando de tema y señala con la cabeza al grupo del Beni.

El Beni y sus amigos se miran los unos a otros, buscando aprobación.

—Enga, amo darle.

El público, animado, los rodea. Los trabajadores de la plaza se colocan en la cabeza unos pañuelos de colores y se arrancan a cantar. Al poco, se les nota más a gusto, más relajados.

Llevan cuatro o cinco coplas. Alguna cantada con cierto pudor por la presencia de las dos jóvenes, otras más anticlericales y contra el rey, entonadas con mucho sentío. Se ha arrimado más gente. Barrenderos, algún practicante, una alcahueta.

En un momento determinado, alguien grita desde un balcón cercano.

—¡Agua, agua!

Por la esquina de la calle Robles aparece una pareja de guardias civiles. El grupo se deshace rápidamente en múltiples direcciones. Hay quien se mete en una casapuerta, otros corren y desaparecen por una esquina. Ethel se desorienta y pierde al Poeta de vista. Antoñito agarra del brazo al Ciego y se alejan como pueden. Las hermanas no saben qué camino tomar. Se quedan quietas junto a la chirigota del Beni que tampoco se ha coscado mucho de lo que pasa.

—¡Alto a la autoridad! ¡Qué están haciendo ustedes aquí!

—Ya nos íbamos, señor agente. Aquí éste, que estaba contando una cosa mu graciosa.

—Y una copitas de más, ¿no, caballero?

El silencio se hace en el grupo. El guardia se fija en las dos señoritas que acompañan a los trabajadores.

—¿Y ustedes, señoritas?, ¿quién está a su cargo? —el guardia civil cambia de tono al hablarle a la muchacha—. Aquí se está violando el bando del gobernador que prohíbe las murgas y las celebraciones carnavalescas en la vía pública, ¿no lo saben ustedes?

Pitusa se dispone a hablar. Pero interviene el Beni:

—¡Pero si no estamos haciendo na! Nos hemos entretenío despidiéndonos los compares, jefe. Aquí no hay murga ni na.

—Una copita de más y algunos chistes picantones, señor guardia, pero ya nos íbamos —completa Manolín.

—¿Y qué hacen con estas señoritas?

—Nosotras… —balbucea Emilia.

—¡Yo soy responsable! —el guardia Ramón aparece como un ángel custodio por la esquina más inmediata a la escena—. ¡Señorita Emilia! ¡Pitusa! ¿Qué horas son éstas de estar en la calle? ¡Aquí no hay na bueno pa ustedes!

—Fuimos a la botica de don Andrés… que mi madre… —dice la hermana mayor recogiendo el guante cómplice del guardia.

—¿Las conoce usted? —pregunta el guardia civil a Ramón, que se ha puesto al lado de las niñas.

—Sí, agente. Son de buena familia de aquí de Cádi. La gripe del demonio les ha entrado en la casa y necesitarán algún remedio.

—¿Y por qué no mandan al criado? —pregunta capcioso el Civil.

—Las llevo ya mismo pa su casa si les parece —resuelve Ramón y señala al grupo del Beni—. ¿Se aclaran ustedes con estos señores?

—¡Ramón, por favó! —exclama el Beni pidiendo auxilio.

—Adelante. Proceda —dice imperativo el guardia civil.

Ramón señala el camino a las hermanas, que emprenden el camino a casa. Las tres figuras se alejan apresuradas desvaneciéndose en la penumbra de las farolas.

Emilia gira la cabeza y ve cómo el otro guardia civil le da un golpe al Beni y empuja a Manolín.

—Yo vivo ahí atrás, señor guardia, en Arbolí —dice el Beni.

El guardia civil, con un ademán de cansancio, les ordena que se vayan cada uno por su lado.

*******

—Vaya gachón más raro. Y buena la que lleva —comenta Angelita la pescadera para sí misma, a punto de entrar en El Faisán.

Ethel llega a la plaza de la Cruz Verde tambaleándose y se dirige hacia la puerta de la taberna. Tras la bulla, se pregunta si Elías habrá acabado en manos de los guardias. Angelita la espera con la puerta abierta para entrar juntas. Ethel se lo agradece, da un traspiés y tropieza con la mujer.

—Tú vienes peor que mi hermano, seguro. A ver cómo está el señor —dice Angelita.

Al abrirse la puerta, se oye el final de una copla y las risas que provoca. Sobre los toneles que hay junto a la entrada, a la luz de un quinqué de petróleo, reposan copas y vasos vacíos. Alrededor están los parroquianos, casi no se les ven las caras. Hay de todo entre ellos: lateros, panaderos, banderilleros jubilados, chulos de tres al cuarto, y algún que otro abogado amigo de la noche y el quejío.

En la barra, hay dos hombres fumando un tabaco que huele raro y una mujer que taconea sin mucha pasión. Son el Moro, desgañitado a estas horas, Juanín, que le acompaña con una guitarra llena de lamparones, y la niña la Rosa, bailaora famosa en su día, ahora en declive.

Ethel comprueba que el Poeta no ha llegado y se pregunta si habrá acabado en manos de los guardias. Embriagada con el olor a hachís, a vino derramado y humanidad, decide acercarse a la barra y pide un vino.

—¿Quiere usted algo? —le pregunta a Angelita, que se sitúa a su lado.

—Ya éste se lo ha bebío to.

Angelita señala a un hombre ebrio que duerme en una silla con un pito de caña apoyado en la barriga. Es Segundo, el chivato.

—¿Quién es? —se interesa Ethel.

—Mi hermano —responde con un suspiro de lamento.

Ethel asiente y comprende qué hace aquella mujer a esas horas en esa taberna. Angelita intenta despertar a Segundo a gritos y a empellones bajo las voces del Moro.

—Si el Gobernador ha prohibío la fiesta en la calle será por algo. El Gobernador es el representante de Romanones en Cadi, ¿vale?

—Dicen que el mequetrefe ése es de Soria —añade la niña la Rosa.

—De Soria es Marconi —asegura el Moro.

—¿Qué habla, Moro? ¿Qué Marconi?

—El del telégrafo. Guillermo Marconi.

Ethel se inmiscuye:

—Perdone, caballero. Marconi es italiano.

—Italianos mis cojones. ¡Marconi es español! —El Moro se enciende y se echa al coleto el vaso de vino—. ¡Español, célebre en to el mundo! ¡Algún día Cádiz le pondrá una calle, o una avenida! Anda que no. Tiempo al tiempo.

—Pero Marconi… —insiste Ethel.

—Déjalo, rubio —interviene la bailaora—. Éste se quedó chalao cuando soldao.

—Me quedé cojo, no chalao, en el Batallón de Cazadores —explica el Moro con orgullo castrense.

Ethel calla. Prefiere no comprobar si el Moro tira rápido de la navaja que se intuye bajo su chaqueta.

—To las noches igual. Venga, vámonos —ordena Angelita a su hermano.

Para cambiar de tema, Juanín le pregunta a Angelita a viva voz:

—Eh, Angelita, tú, que vienes de la calle, ¿cómo está la cosa por ahí?

—Hace rato vi a unos gitanos atacando con guarachitas. ¡Segundo! ¡Vámono parriba! Que mañana trabajo y tú tienes que ir a por las aceitunas.

El Moro pide unas cañas de vino para el Inglés, la niña la Rosa, Juanín y hasta para la Angelita. El hombre tras la barra sirve el vino amarillento y Segundo, resucitado, hace el ademán de querer agarrar el vaso de su hermana, pero ésta le da un sopapo en la cabeza.

—Espérate, Angelita. Una más.

Le espeta el Moro y se arranca con unas bulerías raras que improvisa hablando de Marconi y sus amores patrios. Ethel no entiende más que Marconi, mojoni, coñoni y otras rimas absurdas. Incapaz de descifrar el mensaje y en los estragos de la fatiga alcohólica, se desploma en una silla coja, cruza los brazos y abandona su cabeza sobre ellos. El mareo le impide ver la entrada del Poeta por la puerta.

*******

—Me cago en to los muertos de los guardias. Yo me voy a cagar en su puta madre.

Las quejas del Beni rebotan contra el adoquinado pringoso de la calle Arbolí. Se palpa el golpe de la cara. En el silencio de la noche, se le ocurre canturrear eso de “Gue…rra, muer…te, guerra a muerte a los tiranos, guerra, guerra, guerra, unión y… carnaval”. Así no era. Era unión y libertad, discute consigo mismo. Unión y carnaval.

—Ja.

Y suelta una carcajada. Solo una.

Un ruido extraño. Ralentiza el paso. Es un suspiro en una casapuerta vecina, un gemido. Son como dos gemidos. Es como si, y se queda clavado en su pensamiento. Ya sabe lo que es. Cruza por delante. Percibe la sombra de dos figuras que se mueven rítmicamente, en un dos por cuatro sin música. Ya podrían haber cerrado el portón, piensa. Al Beni se le dibuja una breve sonrisa.

Cuando llega a su casapuerta solo tiene que empujar. Hoy no hace falta buscar al sereno. Cuando abre, se le viene encima una ola de fiesta oculta, embalsada en el patio de vecinos que se encaló por última vez hace veinte años.

—¡Beni!, vente pacá.

Su vecino el Chulo lo llama sentado desde los primeros escalones de la escalera mientras acostumbra la vista a la luz de la candela que preside el patio, junto al aljibe. La finca, con su olor a puchero y a candela viva, envuelve la juerga entre sus muros y enciende la cara del mozo del mercado. Veinte personas enmascaradas, maquilladas, todos vecinos y familiares rodeando y jaleando a Pepa la Muerta, la vecina del bajo que canta unos tanguillos picantes. Junto a ella, Felipe el Tieso rasga una guitarra con una cuerda de menos. Sentado en una banqueta, apoya su pie en una encornadura de toro bravo que alguien ha puesto ahí para tal fin. Nadie le pregunta al Beni por su mala cara. Lo que hacen es pasarle la garrafa de vino para que beba. Sin darse cuenta ya le han encorchao los mofletes.

Paqui está al fondo mirándole con complicidad lasciva, con un traje descolorido sacado de quien sabe dónde. El Beni se limpia el moscatel del mentón con la manga de la chaqueta y se adentra a hacerle los coros a la Muerta. Es un tango de hace dos o tres años que hizo mucha gracia. Se va de tono pero nadie protesta.

Los hijos de la Muerta, arrumbadores los cuatro, pero vestidos hoy de ferroviarios, dan el relevo y entonan una célebre composición de Cañamaque. El Tieso les sigue con su guitarra mellada. Con la siguiente copla, la intensidad sube y el Tieso se levanta y gira sobre sí mismo sin dejar de tocar. El Beni recoge los pitones y se los coloca como puede en lo alto de su gorra. Paqui se le acerca y le susurra algo al oído, pero no lo entiende. Solo siente su aliento de uva.

La garrafa vuelve a él en el momento que recuerda que mañana temprano le espera el Chatín con los chocos para vender en la plaza. Le da un tiento irrenunciable.

—Alto ahí —palmea el Beni, con su cornamenta postiza en la cabeza—. ¡Alto ahí!, que soy la Guardia Civil.

El patio de vecinos parece moverse entero dando calor a quienes cantan. El edificio se desparrama por la losa gastada de la casapuerta hacia el portón, desbordándose de gente cantando y riendo.

—¿Onde váis?

Primero sale el Mantequita a mear en una esquina, por no subir a su partidito del tercer piso. Le sigue la Rosalía en busca de cariño. Tras ellos, dos chiquillos animados por la locura de sus parientes toman la calle con el único afán de armar jaleo. Detrás de los niños sale su tía Pura para arrastrarlos a su cama en el antiguo gallinero de la azotea, junto al cuartucho donde vive el Moro, que aún debe andar gruñendo en algún bache. Pura es quizás la única que no ha probado gota y tiene los sentidos en orden.

Paqui se acerca al Beni y le besa para que no se escape. El Beni aprieta su vientre contra el de su mujer. Se agarran y tropiezan con el escalón. El Beni se escabulle sin pensarlo y la Paqui se queda dentro. El Chulo alza su voz por encima de los demás y el Tieso se coloca a su lado, ya en la casapuerta.

El resto de vecinos son ya todo un jolgorio de mejillas coloreadas con carmín barato y tapones de corcho quemados que, como un torrente de pamplinas y empujones, sale del patio de vecinos. La cabalgata improvisada ha ocupado la calle Arbolí con un estribillo repetido y se dirige a donde le lleve la corriente en medio de la oscuridad.

*******

Huele a vino y sudor en la calle Abreu, a tabaco y a salitre. Risas y asentimientos, carcajadas y palmas. Qué arte más grande los tipógrafos, chiquillo, suena por ahí. Bueno, tampoco son los de Cañamaque. ¿Y ése dónde está, Migué? Dicen que se ha apuntao como el Trío Chanitecle o algo así, ¡y sale con una bandurria y un violín! Calla, a ver qué dicen los tipógrafos éstos. ¿Y éstos, van de qué, Juande? No lo sé. De mensajeros o algo así, parece. Vaya copla, contra su mismo patrón. El Juan Tadeo Massip. Le dolerán los oídos. Pero qué arte. Se han llevado dos semanas en huelga. Pues habrán ensayao, en mientras. No veas el piquito que tienen. Callarse, joé, que no me entero. Se creen que por llevar esos gorros de papel nadie se va a enterar de dónde trabajan. Como se entere, verán. Pues que se entere. Esto es carnaval, joé. Que rece. No, que rece mañana, que empieza la fiesta de esta gente.

Tras una hora sin guardias, varias murgas y su auditorio se han hecho fuertes en esta plaza, que es un callejón en realidad. La gente se pasa de mano en mano botas y medias talegas.

—¿Te has dado cuenta de que hay menos mujeres donde se estrecha el callejón? —teoriza Ethel con la lengua pastosa.

—Tú estás lista ya. Y esto está muy apretado. ¿Nos vamos? —recomienda el Poeta.

—Me gusta apretarme contra ti —responde, y le posa una mano en el pantalón.

—Venga ya, Inglés, que a ti te gustan las mujeres más que a mí.

—Pues yo me quedo aquí.

—Pero si no entiendes lo que dicen.

—Aguanta un poquito, yo te agarro si quieres, y te protejo.

—No te me pongas libertina.

—Esa es la gracia de la fiesta, ¿no?

Se preparan para cantar unos hombres que llevan hojas de acelgas por todo el cuerpo, como si estuvieran emplumados. Uno de ellos presenta a su agrupación a media voz:

—No teníamos para disfraz de guardia, y esto es lo más verde que hemos encontrao. Así que disfruten ahora de nuestro repertorio —se señala con las dos manos, recorriendo las enormes hojas que le cuelgan por la ropa.

Una mujer que vende cartuchitos de almendras empuja a Ethel y habla en alto.

—Si te consigo un nabo, con tu disfraz ya te puedes hacer un potaje bueno.

Uno que está en la otra esquina propone meter a toda la murga en la olla y alimentar al barrio de la Viña, al menos mañana, que ya es Cuaresma. Échales garbanzos, grita otro por ahí. Qué arte, ío. No como la Murga Moruna del Suárez. Vaya paripé el del Suárez este año.

—Esa polka suena un poco rara —opina Ethel.

—Da igual, Ethel. Nadie se va a enfadar por eso. Esto es Carnaval.

*******

El Ciego se despierta en una casapuerta. Se encoge y se queja. No ve que está empezando a clarear. Pero por el Campo del Sur ya ha comenzado el ajetreo de carretas matutino. Y todavía queda algún borracho en busca del aire frío que llega del mar.

—Tío sieso, que me creía que estabas muerto.

Oye a Antoñito limpiarse las lágrimas, sorbiéndose los mocos.

—¿Yo? —Los palos que le han dado le han abierto varias brechas en la cabeza. Tiene los ojos hinchados y morados—. Ay, Antoñito . No te dé pena que se acabe el Carnaval. ¡Que nos lo hemos pasado muy bien, ome!

A pocos metros, Ethel, en cuclillas entre dos carretas, les escucha. Tan larga es la meada que cuando por fin termina se percata de lo tarde que es; que ya no es martes siquiera, sino miércoles.

—Con que dejen de darnos palos me conformo —dice Antoñito, saliendo tras el portón.

—Pero palos nos van a dar siempre, carajote.

Ethel se levanta, se ajusta la ropa y se dirige hacia la muralla del Campo del Sur. Se detiene frente al océano y se queda pensando en la noche que ha vivido. Las cosas han sido aún mejor de lo que le habían contado.

—Hambre, huelgas, epidemias… —habla Ethel consigo misma—. De verdad, esta gente sabe quitarse las cadenas con cante y con risas.

Se gira y comienza a caminar hacia el Hotel Habana. Una mujer, en la penumbra de un rincón, le hace un gesto obsceno. Sigue andando, explicándole al aire húmedo y al viento de poniente su aventura remojada en vino.

Y se ríe.

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